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El despegue de Internet en España (1995-2001)

Al igual que con otros aspectos del mundo tecnológico, Internet y su 'boom' llegó con cierto retraso a España, a finales de los años 90, alargándose hasta mediados de los 2000. Esto produjo una curiosa situación: podíamos ver al mismo tiempo tanto el glamour y la riqueza que generaban estas nuevas empresas como los primeros fracasos. Luego explotó la burbuja de las puntocoms en 2000. De todas estas vivencias aprendimos mucho.

Álvaro Ibáñez
Álvaro Ibáñez.

Superando la década de los 80 o 'era del PC' los años 90 estuvieron dominados por la popularización del acceso a la red global y la Web, que a partir de 2000 se reinventaría como 'Web 2.0', caracterizada por las redes sociales y otros servicios. Quienes vivieron esas épocas recuerdan un mundo inconcebible hoy en día: no existían Google, ni Facebook ni Twitter. Y tampoco había vídeo, streaming ni formas fáciles de acceder a este los contenidos multimedia. En España, las relaciones personales se cuidaban en 'modo texto': en listas de correo, foros (Usenet) y chats primigenios (IRC), además de en un incipiente CompuServe. Fueron muy populares la mensajería ICQ (1996), los canales del IRC hispano (1996) y después foros como Barrapunto (1999), el equivalente patrio de Slashdot. Tecnológicamente eran tiempos de servidores Sun y Silicon Graphics, Oracle, Java, CGIs, ColdFusion y PHP, con Microsoft omnipresente pero Unix y sobre todo Linux creciendo a pasos agigantados.

En los 90 comenzaron a usarse lemas como el popular «si no estás en Internet no existes» y muchas empresas no sabían si permanecer en la comodidad de la informática personal o aventurarse en una red desconocida. ¿Merecería la pena? Revistas, periódicos y canales de radio y televisión no veían una fórmula de negocio posible más allá de expandir la publicidad tradicional. Se acuñó en esa época el 'Internet es el todo gratis', algo que se planteó como grito antipiratería pero irónicamente animaba a más gente a conectarse.

Los comercios no sabían si podrían lidiar con las inversiones de infraestructuras técnicas complejas y caras (no existía la tecnología cloud) y las pasarelas de pago y logística eran tan complejas que requerían meses de planificación. Además de esto, poca gente se atrevía a pagar y dar su número de tarjeta en las pocas tiendas online que había. Amazon abrió brecha a los valientes que se animaban a esperar durante meses los ansiados pedidos; algunos negocios especializados como Barrabés (1995) fueron arriesgados pioneros y todavía existen tras décadas de superación.

Sin embargo quienes habían profundizado y estaban más al tanto de lo que sucedía más allá de nuestras fronteras veían que algo estaba a punto de cambiar. Internet y la World Wide Web estaban transformando muchos aspectos de la sociedad y los negocios. La cuestión era cómo llegar allí y qué hacer una vez allí, qué hacer. Eran tiempos de acceso telefónico a través de módem a 56 Kbps o RDSI a 64/128 Kbps (el ADSL no llegaría hasta 1999) y los móviles eran viejos Nokia que sólo servían para hablar, enviar mensajes SMS y poco más.

Las guerras: proveedores, tarifa plana, navegadores, audiencias

En los 90 todavía se pagaba por minutos para acceder a Internet: como no había tarifas planas telefónicas, el precio era el de una llamada local, provincial o internacional. Eran épocas de empresas de acceso pioneras como Goya (surgida de la Universidad Politécnica de Madrid, 1992). Las tarifas se simplificarían años después y todo daría un vuelco cuando Telefónica lanzo InfoVía (1996). La relación de Telefónica con Internet siempre fue extraña –un gran documento es el relato de Veinticinco años de internet en Telefónica de Javier Gonzalez Vela– y culminó con una red que utilizaba tecnología internet (TCP/IP) dentro de una especie de «corralito» que nunca acabó de tener sentido pero a su vez proporcionaba salida a la Internet global a través de diversos proveedores intermediarios.

La gente podía por fin acceder a la Internet global precio de llamada local (0,80 euros/hora) y los proveedores de acceso (ISP) se multiplicaron como setas, muchos ofreciendo otros servicios añadidos, por ejemplo el alojamiento o diseño de páginas web. Los listados de cientos de ISP ocupaban páginas y páginas de las revistas especializadas (un listado muy popular fue el de Dios Proveerá) aunque todos ofrecían básicamente lo mismo. Arrakis, Intercom, Jet, Servicom… son nombres de esa época. Fue una guerra por la supervivencia y de mucho márketing: los ISP crecieron, se fusionaron, fueron adquiridos por las operadoras o desparecieron. Algunos como Sarenet se reinventaron y siguen en activo.

En el plano civil de la red surgieron dos asociaciones: la Asociación de Usuarios de Internet y la Asociación de Internautas. Entre otras cosas protestaron exigiendo la tarifa plana, algo que no llegaría hasta el año 1999. Fue una peculiar batalla en la que se acabó imponiendo el sentido común; también sirvió para demostrar cómo podía unirse gente de lo más variopinta, tanto 'virtualmente' como en persona, por una causa común.

Mientras tanto en los mercados más desarrollados alguien se dio cuenta de que las audiencias serían las reinas del futuro negocio (fuera cual fuera) y que ser el navegador por omisión en los equipos nuevos o los kits de conexión era una gran ventaja, pues raras veces la gente lo cambiaba por otro. Al aterrizar en una portada (homepage) predefinida en el navegador se podían ofrecer servicios, productos o mostrar publicidad de forma masiva. Hay que recordar que en aquella época los navegadores web eran opcionales: se descargaban e instalaban como cualquier otro software. Así que frente a Netscape Navigator (actual Firefox), surgido de la propia red y de mayor calidad, competía Internet Explorer (actual Edge) de Microsoft, que intentaba arañar cada vez más mercado.

Hadi Partovi, del equipo de Explorer 3.0, recordó hace poco aquellos tiempos, casi como un anticipo de lo que sería trabajar en las puntocoms en la década siguiente: "Netscape tenía el 95% del mercado cuando Bill Gates envió un memo con su plan (…) Se trabajaba sin descanso, se comía en la oficina y había torneos de futbolín de madrugada para relajarse. Hubo divorcios, familias rotas y otras cosas chungas, pero quedó demostrado que en una empresa de 20.000 personas se pueden encontrar 100 que trabajen como si les fuera la vida en ello". Ese esfuerzo y la llegada de Windows 95 permitieron a Microsoft ganar esa guerra; Netscape acabó adquirida por AOL y Firefox luego se independizaría, tal y como se narra en el documental Code Rush. Posteriormente Explorer se debilitaría año tras año con la llegada de Chrome de Google, Firefox, Safari de Apple y otros navegadores; ser problemático y un poco incompatible con los estándares le granjeó la enemistad de muchos desarrolladores web.

Ya se sabía entonces de la importancia de los grandes buscadores para acaparar audiencias: AltaVista y Yahoo a finales de los 90; Google, Excite, Lycos y otros a partir de 2000. Todos esos «ojos» (eyeballs, en términos de márketing) que llegaban allí se transformaban en impactos publicitarios y dinero. La vanguardista y psicodélica revista Wired había inventado los banners a finales de 1994 y durante un tiempo resultaron llamativos, especialmente para empresas con grandes presupuestos publicitarios sin mucha experiencia en internet. Podían segmentarse por ubicación e incluso proporcionar datos reales –o inflados– de los clics que se hacían sobre ellos. Así que esas portadas crecieron con más y más contenidos y servicios llamativos hasta convertirse en portales: puntos de entrada y facilitadores de acceso al resto de la web mediante búsquedas o con resúmenes de noticias e incluso comunidades virtuales. Yahoo, Terra y Ya.com fueron algunos de los más conocidos de esa época en España. La idea era que la gente entrara por allí y pasara todo el tiempo posible en sus dominios, si era necesario enviándolos a portales verticales temáticos, comunidades o tiendas propiedad de la misma empresa. Con el tiempo, la audiencia se trasladaría a las redes sociales: Tuenti (2006, que acabó adquirida por Telefónica), Facebook, Twitter y todas las demás.

En la guerra por las audiencias se luchaba con contenidos más interesantes, divertidos o llamativos por acumular las cifras más impresionantes mes a mes. Al principio esto se medía en hits (visualizaciones de los elementos web que componen una página) pero eran cifras un tanto técnicas y que resultaban sin duda "hinchadas". Así que surgieron diversos sistemas de medición de audiencias y conceptos como 'visitas', 'usuarios únicos' e 'impresiones'. Como sucede en otros sectores, todo el mundo hacía sus 'trampillas': refrescos automáticos, bots, registros falsos en formularios… Pero también todo el mundo lo sabía, y lo sigue sabiendo, porque algunos trucos perduran. Esa guerra por la audiencia llevó a guerras publicitarias, de clics falsos, de auditorías de audiencias cuestionadas y al surgimiento de 'contramedidas' hasta que finalmente se ha llegado a entender y valorar la publicidad de otras formas.

 

 

Las puntocoms

En el sector tecnológico siempre se ha admirado a las grandes empresas 'surgidas de los garajes' de Silicon Valley. Y en los 90 resurgió esa sensación cuando empezaron a aparecer nombres que despuntaban a pesar de sus orígenes humildes; eran las startups de internet. Dos estudiantes crearon un índice de las páginas web que encontraban al navegar por la web (Yahoo; Yang y Filo, 1995). Un tipo que se lamentaba de no haber sacado partido al arranque de la Internet comercial lanzó Cadabra desde su solitario despacho (luego se renombraría como Amazon; Bezos, 1994). Otro que estaba esperando a que le actualizaran su servidor programó en sus ratos libres una web llamada AuctionWeb para subastar objetos de segunda mano (renombrada como eBay; Omidyar, 1995). Parecía que cada idea, por rara que fuera, podía transformarse en una 'versión internet' y el negocio llegaría solo.

Lo de que 'el negocio llegaría solo' es casi literal. Geocities (1993), uno de los sitios más populares (alojaba páginas personales) vivió muchos años sin publicidad ni una forma clara de ingresos, pero salió a bolsa en 1998. Google (1998) tampoco era conocido por sus grandes beneficios y de hecho apenas había vendido nada hasta que salió a bolsa en 2004; simplemente era el mejor motor de búsqueda. Amazon (1994) acumuló una década de pérdidas aunque había salido a bolsa ya en 1997.

Cuentan las leyendas de Silicon Valley —seguramente ciertas– que había empresarios que buscaban financiación con un Powerpoint y un Excel donde ni siquiera se explicaba en qué consistía exactamente el negocio: el plan era conseguir cientos de millones y después decidir que se haría con ellos. Eso sí: siempre invirtiéndolos en 'algo puntero de internet', por supuesto. Si suena un poco a timo, actual o pasado, es porque de esos también ha habido cientos.

Todas estas startups tuvieron sus equivalentes españoles: buscadores, índices, mercadillos de segunda mano, sitios de subastas, tiendas de comercio electrónico, comunidades virtuales, medios online La fórmula de 'inspirarse y copiar' se usó mucho –y no siempre mejorando o innovando respecto a los originales– pero los más grandes perduraron de un modo u otro. Al igual que sucedió con los ISP el resto fue vendido (o malvendido) o simplemente desaparecieron con el tiempo.

Cualquier persona implicada en algún aspecto de la tecnología o la comunicación se enfrentaba a una encrucijada en la segunda mitad de los 90: seguir trabajando en 'más de lo mismo' y esperar que lo de Internet fuera una moda pasajera, plantearse fundar su propia empresa internet, o quizá ir a trabajar a algunos de los proyectos prometedores que estuvieran a su alcance. Esto provocó grandes cambios: mucho movimiento de talento en diversos sectores (tecnología, contenidos, negocio), subidas espectaculares de salarios y cambios en la forma de entender el alcance de los nuevos proyectos. Todo podría suceder en una red a la que cada vez accedía más gente.

En esta época surgieron conceptos tales como los empleados responsables de comunidades virtuales (actuales community managers), los especialistas en contenidos web (periodistas y autores de todo tipo) y los programadores full-stack, que dominaban un poco de todo: lenguajes y diseño web, lenguajes, servidores, bases de datos y lo que surgiera. Era difícil encontrar gente con experiencia porque muchos de estos trabajos apenas existían unos años atrás: ¿expertos en e-commerce? ¿optimización para aparecer mejor en los buscadores? (SEO) ¿conectar servidores de forma balanceada o con pasarelas de pago de múltiples proveedores?

Los proyectos nacían y las ideas se 'vendían' a una velocidad increíble; todo debía suceder a 'velocidad internet' (al menos 7 veces más rápido, como los años-perro) o se podrían perder oportunidades. Poner el dinero en cualquier otra cosa que no fueran las empresas que tenían espectaculares salidas a bolsa en el NASDAQ (el índice tecnológico de la bolsa estadounidense) parecía una torpe y vetusta inversión. Una empresa era más valiosa si su nombre acababa en '.com'. Por la historia sabemos que aquellas espectaculares OPV y las estimaciones que manejaban los bancos, inversores, analistas e inversores tenían mucho 'truqui'.

Las puntocoms se valoraban por 'múltiplos', principalmente por sus expectativas. Pero no por múltiplos de sus dividendos, de sus beneficios o ni siquiera de su ventas; más bien por múltiplos de su potencial e hipotética capacidad de negocio, por ejemplo, su cuota esperada del mercado publicitario, o del de comercio electrónico… mercados que eran bastante desconocidos. Eran cantidades que no dejaban de ser números en un gigantesco Excel sin mucho sustento, como si nunca fuera a haber competencia o problemas de escala. Es un hecho que sumar todas las cuotas de mercado esperadas de esas empresas desembocaba en una imposibilidad matemática. Pero era lo que se hacía en aquella época y lo que recomendaban los consultores. Además de eso, las puntocom reinvertían, no daban dividendos. Dar dividendos era propio de 'empresa antigua'; lo importante era 'crear valor' y que el precio de las acciones subieran como la espuma (y que quien quisiera especulara con ello). Cuando una puntocom salía a bolsa se ponía a la venta tan solo una pequeñísimo porcentaje de las acciones, lo que provocaba un aumento espectacular del precio ante la demanda desmedida de 'cualquier cosa acabada en puntocom'. Como la valoración de la empresa se hacía en base al precio de esas poquísimas acciones, las valoraciones eran estratosféricas.

Cuando la burbuja de las puntocom estalló a mediados de marzo de 2000 muchas empresas fueron simplemente borradas del mapa. En pocos meses muchas tuvieron que revisar sus planes, reconsiderar sus inversiones y despedir a miles de trabajadores. Hacia noviembre las empresas de internet habían perdido en su conjunto un 75% de su capitalización, cerca de 1,7 billones de dólares. El año siguiente la crisis continuó y se agudizó con tras los atentados del 11-S; hacia 2002 ya se habían perdido 5 billones de dólares y muchas de las puntocom eran meros recuerdos, bancarrotas y sueños rotos. Pero lo mejor estaba aún por llegar, y de hecho todavía perdura: una nueva Web más social, la internet móvil y ubicua, las conexiones de banda ancha, los contenidos de alta calidad y una versión supervitaminada de la red que es de lo que disfrutamos hoy en día.

Una nota personal

No puedo dejar de aprovechar esta petición de IDG para celebrar el aniversario de ComputerWorld recordando la Internet de los 90 para añadir algunos apuntes personales e históricos. ¿Qué estaba haciendo quien escribe estas líneas en aquella época? Trabajaba en la revista Macworld, también del grupo IDG. Habíamos sido de los primeros medios en incluir una dirección de correo electrónico para contactar con los lectores ya en 1992 y montamos poco después una BBS (con tecnología FirstClass y de Seker/Servicom) que tenía pasarela a internet, algo inusual en aquella época.

Cinco años después el impulso de internet se veía imparable y decidí ponerme al frente de iWorld, la revista de Internet, para contar todo sobre aquella primera época de la red: listas de ISP, comparativas de buscadores y módems, tutoriales de diseño de páginas web… Nuestra web en IDG.es fue de las primeras de una revista española; ofrecíamos los contenidos completos y pronto se añadiría un archivo con el resto de publicaciones.

La 'llamada de la selva' de Internet me llegó desde Telefónica, donde se estaba pertrechado un nuevo proyecto estilo puntocom. Querían reconvertir TeleLine –que era su ISP en InfoVía para clientes finales– en un bombazo internet al estilo americano. La idea era reforzar al equipo ya existente con nuevas incorporaciones, además de que se iban a cerrar acuerdos importantes (como Disney y AOL) y adquirir otros proveedores notables (como Arrakis). Todo eso pero con presupuestos 'tamaño Telefónica' y una promesa de cierta independencia lejos de los cuarteles generales; sonaba ciertamente irresistible. Pero como sucede a veces con las historias de planes, nada de eso sucedió. Así que en vez de eso empezamos a crear un portal, que se llamaría Terra, y combinamos el equipo de TeleLine con nuevas contrataciones, usando técnicamente parte de lo que ya existía y desarrollando otros diseños, acuerdos de contenidos y servicios. Pero en aquella época de locura y 'velocidad internet' todo se aceleró y Telefónica decidió en paralelo comprar Olé (que era una adaptación española de Yahoo) lo que indignó bastante a quienes llevábamos meses trabajando en el proyecto Terra, que estaba a punto de ver la luz.

Cuando esto sucedió gran parte del equipo que había trabajado en Terra hasta entonces decidió dimitir e irse. Era 1999 y junto con varias decenas de personas presentamos nuestras cartas de dimisión en un movimiento que fue calificado como de «fuga de cerebros»; no muchas veces había sucedido algo así en una gran empresa Española. Al poco ya estábamos trabajando en otro proyecto cien por cien internet financiado por Jazztel (una prometedora teleco en el año 1999) y su fundador Martín Varsavsky. Yo fui el empleado número 02; todavía conservo la tarjeta de acceso.

A aquel proyecto lo llamamos Ya.com y acabó siendo un portal asociado a una red de portales temáticos y tiendas, como era típico en aquella época. Ya.com tenía planes para salir a bolsa en el NASDAQ a mediados del 2000, valorada en unos 1.000 millones de dólares. Pero eso tampoco sucedió. El crash de las puntocom lo hizo simplemente inviable. Buscando otras formas de resolver la situación económica Ya.com se vendió en pocos meses por 550 millones de dólares a T-Online, el ISP de la Deutsche Telekom alemana. Fue durante casi dos décadas la mayor venta de una startup española. Tal y como contaron los medios de la época, la operación se hizo en dinero y acciones de T-Online con un periodo de permanencia que la mayor parte de los empleados originales cumplimos durante los tres años siguientes; yo permanecí allí hasta 2004. Desde entonces sigo creando contenidos en Internet en formato blog y colaborando con podcasts, revistas y todo tipo de publicaciones.

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Álvaro IbáñezAlvy» en Internet) ha sido redactor en publicaciones de IDG (1984-1992), director de Macworld (1992-1997) e iWorld (1998), director de programación y contenidos en TeleLine y el proyecto Terra (1998-1999) y director general y Chief Web Officer en Ya.com (1999-2004). Desde entonces escribe en su blog Microsiervos sobre tecnología, ciencia y muchas cosas más. Su último proyecto es el libro Se suponía que esto era el futuro que recoge los mejores contenidos del blog tras más de una década además de otros nuevos.